La niña fué creciendo en edad y en hermosura y el cariño que el negro tenía a su amita se fué convirtiendo en amor, pero en un amor tan grande que Pancho no comía, ni dormía, ni tenía valor para trabajar.

El pobre negro rezaba, se encomendaba a Dios y a todos sus santos para que lo libraran de aquella pasión que no lo dejaba vivir; pero el cielo se había puesto sordo y no oía sus oraciones.

Desesperado y no hallando qué hacerse, salió una noche de la casa y se fué al cerro a llamar al Diablo para que lo ayudara. Acudió el Diablo al llamado, y a las súplicas del negro contestó:

—Si quieres, haré que Rosita—así se llamaba la niña—se enamore de ti y se case contigo, pero dentro de veinte años vendré a buscarte, y si no sabes contestarme las doce palabras redobladas, tu alma me pertenecerá.

—Está bien, contestó Pancho, radiante de alegría, convengo en ello.—Y con sangre que extrajo de sus venas, firmó la cédula del pacto que acababa de aceptar y que el Diablo le pasaba.

Al otro día temprano se dirigió el negro a casa de sus amos. La señora y la niña estaban en el balcón. La niña,[{268}] al verlo, dijo a la mamá:—Mire, mamá, ahí viene Panchito.—¿Qué es eso de Panchito?—preguntó extrañada la madre, porque la joven siempre había llamado al negro con el nombre de Facico y tratádolo con cierto desprecio. Pero Rosita no contestó nada. Y el caso es que desde entonces Rosita se llevaba con Panchito para arriba, Panchito para abajo, Panchito por aquí, Panchito por acá, en fin, que todo era Panchito.

Hubo que dejarla casarse con él, porque la cosa no tenía remedio, pero tuvo que salir de la casa con su negro, no llevando consigo sino una imagen de San Pedro, de quien era muy devota, y que fué lo único que la dejaron sacar.

Rosita vivió muy feliz y muy enamorada de su Pancho, que hacía cuanto estaba de su parte para hacerle liviana la vida, trabajando como un negro, verdaderamente, y cuidando de que nada les faltara a su mujer y a los cuatro hijos que habían tenido, cuatro lindos mulatitos, que eran el encanto y la alegría del matrimonio.

Pero, como muy bien dice la copla,

Todo gusto es momentáneo;