La repetición de la aventura preocupó bastante a la Princesa, que no pasó buena noche. Sin embargo, se levantó temprano y volvió a la terraza a continuar su bor[{33}]dado, pensando en el Canarito, de quien a toda costa quería apoderarse.
En esto estaba cuando llega la linda avecita, cantando aún mejor que en los días anteriores, y sin siquiera detenerse un momento, se apodera de las tijeras de oro de la Princesa, y elevándose por los aires, se pierde de vista.
La Princesa cayó gravemente enferma. Por llamado del Rey, vinieron los médicos más prestigiosos y los adivinos de más fama, tanto del país como del extranjero, y ninguno pudo conocer la enfermedad.
Mientras tanto, la Princesa languidecía, su mal se agravaba, y se iba consumiendo poco a poco. El Rey, desesperado, hizo publicar un bando en que ofrecía grandes riquezas al que lograra sanar a su hija.
Muchos lo tentaron, pero ninguno lo consiguió, y la Princesa seguía empeorando a ojos vistas.
En un pueblo algo alejado de la ciudad en que la Corte residía, vivía una viejecita que tenía un hijo vivo y despierto, llamado Juan.
Un día lo llamó y le dijo:
—Mira, Juanito, toma estas tres tortillas que acabo de hacer al rescoldo y se las llevas a la Princesa, que ellas le darán salud. Que no te vayas a comer ninguna, ni se te pierdan, porque las tres han de llegar a poder de la Princesa.
El muchacho tenía la costumbre de obedecer sin replicar. Subió en un burro; a un lado de las alforjas colocó las tortillas y al otro un pedazo de pan, harina y un poco de charqui y se puso en marcha.
La mitad del camino llevaría andado, cuando el burro se puso a corcovear y por más que Juanito le pegaba fuerte y feo con una varilla, el animal no avanzaba un paso.