Entonces tú les vas dando un golpecito en la cabeza con la varilla y derramará cada uno tres lágrimas dentro del frasco. Serán tantos y se turnarán tan rápidamente que en menos de una hora lo llenarán.

Siguió la princesa el camino que le indicó el Canario y al llegar al monte cortó una varilla del primer arbusto que halló a la derecha de la senda; en seguida continuó su marcha, y una vez que estuvo arriba, dejó el frasco en el suelo, se sentó sobre una piedra y se quedó meditando sobre su triste suerte y las raras aventuras de su corta vida, hasta que el sol se levantó brillante y majestuoso en el horizonte.

Inmediatamente acudió de todas partes una multitud de picaflores, cuyas plumas tornasoladas lanzaban vívidos reflejos al ser heridas por los rayos solares. Las lindas avecitas revoloteaban en torno de la Princesa, y saliendo del grupo, de a dos y de a tres se paraban en el borde de la boca del frasco y esperaban que la joven les diese un suave golpecito en la cabeza con la varilla, para retirarse y dejar el puesto a otras de sus compañeras. Esta escena se repitió con tal rapidez que, aunque sólo eran tres las lágrimas que cada picaflor depositaba en el frasco, en media hora éste se había llenado. Sin embargo de haber cumplido su tarea, la Princesa no se movió de aquel sitio: el solo recuerdo de la Bruja le imponía pavor y la hacía extremecerse, ¡y se sentía tan bien en medio de los árboles y de los pajaritos!

Cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, la Princesa[{40}] se despidió cariñosamente de los picaflores, agradeciéndoles con frases llenas de dulzura el servicio que le habían hecho; y rodeada de ellos, que no la dejaron sino cuando llegó al plano, descendió del cerro con el frasco en sus brazos.

Pocos momentos después llegaba a la cueva y se encontraba en presencia de la aborrecible vieja, y entregándole el frasco le decía:

—Señora, estáis servida.

—Está bien, refunfuñó la Bruja; mañana temprano vendrás a recibir una nueva orden.

Y arrojándole un mendrugo de pan, le indicó con el dedo que se retirara a su cuarto.

La Princesa pasó la noche sin dormir, así es que muy temprano, antes que amaneciese, ya estaba en presencia de la hechicera. La vieja, que la esperaba, le pasó un cofre de una hermosura imponderable, cubierto de incrustaciones de oro y de adornos de flores de diamantes, perlas y rubíes, y entregándole una llavecita, le ordenó que la llevase a casa de otra vieja, su amiga, porque era su cumpleaños. Esta amiga la abriría y sacaría su contenido y después debía regresar la Princesa con la caja y estar de vuelta antes del mediodía.

Salió la Princesa llorando y sin saber cómo, se halló de pronto al pie del monte en que había estado la mañana anterior. Allí encontró al Canarito, que le dijo: