—¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

—Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

—Vengo—dijo—a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

—Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

—Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote. Y tú, Flor-María, te casarás conmi[{82}]go; pero tendrás que darme dos hijos y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.