MARICA DEL REINO
El corazón tengo cubierto.
PEDRO GAILO
¡Ay, qué negro calabozo el que me dispones!
MARICA DEL REINO
¡En qué hora triste fuiste nacido! ¡Jamás de los jamases me quitaré el luto de encima, si llevas a cabo tu mal pensamiento! ¡Ay, hermano mío, antes quisiera verte entre cuatro velas que sacando filo al cuchillo! ¡Celos con rabia a la puerta de la casa, nunca dictaron buen consejo! ¡Ay, hermano mío, sentenciado sin remedio! ¡Cuando quieres mirar por tu honra, te echas encima una cadena! ¡Esconde el cuchillo, hermano mío, no le saques filo! ¡No te comprometas, que solamente de considerarlo, toda el alma se me enciende contra esa mala mujer! ¡La gran anabolena se desvaneció con el carretón! ¡Ay, hermano mío! ¿Por qué es tan tirana la honra, que te ordena cachear, en busca de esa mujer, hasta los profundos de la tierra?
Las voces declamadoras de aquella vieja, en el silencio del atrio lleno de sombras moradas, de fragancias de rocío, de vuelos inocentes de pájaros, tienen el sentido de las negras sugestiones, en la primera inocencia sagrada. El sacristán huye por el camino de la aldea: La sotana escueta y el bonete picudo ponen en su sombra algo de embrujado: Se vuelve, perdido entre los maizales llenos del rezo de anochecido, y levanta los brazos negros, largos, flacos.
PEDRO GAILO
¡Me entregas al pecado! ¡Me entregas al pecado!