Mari-Gaila se desvanece, y desvanecida se siente llevada por las nubes. Cuando, tras una larga cabalgada por arcos de Luna, abre los ojos, está al pie de su puerta. La Luna grande, redonda y abobada, cae sobre el dornajo donde el enano hace siempre la misma mueca.
JORNADA SEGUNDA: ESCENA IX
Simoniña, en camisa, los pies furtivos y descalzos, desciende la escalera del sobrado. En la cocina, negra y vacía, resuenan los golpes con que llaman a la puerta.
SIMONIÑA
¡Están a petar, mi padre!
PEDRO GAILO
Petar petan...
SIMONIÑA
¿Pregunto quién sea?
PEDRO GAILO