De mi mano no quedaron.
LA VOZ DE MARI-GAILA
¡Ay, aborrecidos! ¿Es que cuidáis de tenerme toda la noche a la luna?
SIMONIÑA
Estoy a cachear por los mixtos.
LA VOZ DE MARI-GAILA
¡Llevo aquí la vida perdurable!
SIMONIÑA
Aguarde que encienda el candil.
La sombra del sacristán, larga y escueta, asoma por encima del cañizo. Bajo la chimenea, el candil, ya encendido, se mece con lento balance, y la mozuela, cayéndole por los hombros la camisa, levanta las trancas de la puerta. Mari-Gaila se aparece en el claro de luna, negra y donosa. En el camino, medio volcado, está el carretón.