Suspirando y tranqueando, con un plato de peltre en las manos, iba al encuentro de los ricos feriantes. Un chalán que conduce novillos del monte, levantándose sobre los estribos, da voces por que se aparte del camino.
EL CHALÁN
¡Eh!... ¡No me espantes el ganado!
La mendiga, oprimiéndose los flancos, vuelve a la sombra de los robles. Tiene los ojos con vidrio, y la boca del color de la tierra. Los juvencos del monte, berrendos en negro, desfilan en una nube de polvo, y el chalán, de perfil romano, encendido y obeso, trota a la zaga.
LA REINA
¡Ay, muero! ¡Ay, muero!
LA TATULA
¿Es mucha la dolor?
LA REINA
¡Un gato que me come en el propio lugar del pecado!