Tú no tienes que contarme la tuya. Mis ojos la han seguido desde lejos, y la saben toda. ¡Qué vida, Dios mío! Aquel pelo tan negro ya es todo blanco.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Ay, Concha, son las penas!
LA DAMA
No, ¡no son las penas!.. Otras cosas son! Tus penas no pueden igualarse á las mías, y yo no tengo blanca la cabeza.
ON una blandura lenta, de caricia sensual, la mano del Marqués de Bradomín retira el alfilerón de oro que sujeta la crencha de la dama, y la ola de seda olorosa y negra rueda sobre los hombros.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha negra. ¿Te acuerdas cuando quería que me azotases con la madeja de tu pelo?