LA DAMA
Y yo, qué debo hacer?
EL ABAD
Rezar. Prescindir de cualquier interés mundano. Busque usted ejemplo en la vida de los santos. María Egipciaca, mirando al piadoso objeto llegar á Jerusalén, no teniendo al pasar un río moneda que dar al barquero, le ofreció el don de su cuerpo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!
LA DAMA
¡Qué gran consuelo me da usted, señor Abad!
EL ABAD
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
OS perros van y vienen con carreras locas, persiguiendo sobre la yerba la sombra de un largo bando de palomas que vuela en torno de la torre señorial. La dama y el clérigo conversan en un banco de piedra, sostenidos por dos grifantes toscamente labrados, á los cuales da un encanto de arte el musgo que los cubre. La Señora escucha con los ojos bajos, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas quedan deshojadas en su falda, y las remueve lentamente, hundiendo en ellas sus manos de enferma, que parecen más pálidas entre la sangre de las rosas. La dama solía buscar aquel paraje del jardín para llorar sus penas. Le placía aquel retiro donde mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador en torno de una fuente abandonada. Con lánguido desmayo se incorpora, y por la húmeda avenida de castaños se retorna al palacio, seguida del Abad. En la puerta del jardín asoma un ciego sin lazarillo, y los mendigos, al verle, hacen comentos.