CAP. XXX

En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino por los pueblos extraños.—Para el alma francesa, armoniosa y clásica, el teutón continúa siendo el bárbaro—. Los timbres eléctricos no dejan de sonar, y todo se hace despacio, con mesura, sin nervios. De tarde en tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes breves, y el esperar, el esperar atentos.

CAP. XXXI

Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y camino para llegar a ellas, avanzan escuadras de infantes ingleses y franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones. Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo. Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres; trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:—Un cerco de mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los brazos.

CAP. XXXII

Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados, tendidos en ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería; resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen, sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados, siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones: Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y, hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro:

—¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!