Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños, sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos que les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:

—Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...

Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El teniente comprende y sonríe:

—¿No será mejor enterrarlos?

—Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los lleve el viento.

De un grupo de marineros salen diferentes voces:

—¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...

Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo. Un marinero de la costa bretona se santigua:

—¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!

El oficial hace un gesto de indiferencia: