OTRO SEPULTURERO

Vienen a ser tantas las parentelas que concurren a estos lugares, que no es fácil conocerlas a todas.

Caminan muy despacio. Rubén, meditabundo, escribe alguna palabra en el sobre de una carta. Llegan a la puerta, rechina la verja negra. El Marqués, benevolente, saca de la capa su mano de marfil, y reparte entre los enterradores algún dinero.

EL MARQUÉS

No sabéis mitología, pero sois dos filósofos estoicos. Que sigáis viendo muchos entierros.

UN SEPULTURERO

Lo que usted ordene. ¡Muy agradecido!

OTRO SEPULTURERO

Igualmente. Para servir a usted, caballero.

Quitándose las gorras, saludan y se alejan. El Marqués de Bradomín, con una sonrisa, se arrebuja en la capa. Rubén Darío conserva siempre en la mano el sobre de la carta donde ha escrito escasos renglones. Y dejando el socaire de unas bardas, se acerca a la puerta del cementerio el coche del viejo Marqués.