Las pisadas que vienen y van dejan de oirse y la puerta se abre con estrepito. En el umbral, sobre el fondo oscuro de la alcoba, aparece la figura de Don Juan Manuel Montenegro. Tiene un fulgor de colera en las pupilas, en las manos de marfil anoso la escopeta, y su barba se derrama sobre el pecho, tremula y blanca.
EL CABALLERO
iSera preciso que mate a uno! iNo me dejareis morir en paz!… iMalditos todos, que llegais a esta puerta y no respetais mi dolor! iYo tambien sere maldito, porque vosotros no me dejais morir arrepentido! iMis horas estan contadas!… iTengo ya la sepultura abierta! iDejadme! iToda la noche han aullado los perros!… iCierro los ojos para morir, y vuestras voces me despiertan!… iSois como las hienas, que desentierran a los cadaveres!… iTendre que mataros!… iDejadme, hienas y lobos y escorpiones!… iDejadme que muera y que la tierra caiga a punados sobre mis ojos!…
El viejo linajudo atraviesa la antesala y huye por el largo corredor lleno de resonancias. Todos se miran en silencio, con ojos de susto, y se acercan, uno a uno, al umbral de la alcoba que hiede a muerte. Alli agrupados dudan de entrar, como si continuasen oyendo aquellos pasos obsesos y viesen la sombra, en la sombra ir y venir.
ARTEMISA
iEspanto en el alma me pusieron sus palabras!
DONA MONCHA
iSon bien de espantar!
LA RECOGIDA
iQuiere morir!