Y se va, dejando como un rastro en la cubierta del navío las huellas húmedas de sus pies descalzos. Una voz femenina le grita desde lejos:
—¡Che, moreno!...
—¡Voy, horita!... No me dilato.
La forma de una mujer blanquea sobre negro fondo en la puerta de la cámara. ¡No hay duda, es ella! ¿Pero cómo no la he adivinado? ¿Qué hacías tú, corazón, que no me anunciabas su presencia? ¡Oh, con cuánto gusto hubiérate entonces puesto bajo sus lindos pies para castigo! El marinero se acerca:
—¿Manda alguna cosa la Niña Chole?
—Quiero verte matar un tiburón.
El negro sonríe con esa sonrisa blanca de los salvajes, y pronuncia lentamente, sin apartar los ojos de las olas que argenta la luna:
—No puede ser, mi amita: Se ha juntado una punta de tiburones, ¿sabe?
—¿Y tienes miedo?
—¡Qué va!... Aunque fácilmente, como la sazón está peligrosa... Vea su merced no más...