ESPUÉS de los maitines vino á buscarnos una monja y nos condujo al refectorio donde estaba dispuesta la colación. Hablaba con las manos juntas: Era vieja y gangosa. Nosotros la seguimos, pero al pisar los umbrales del convento la Niña Chole se detuvo vacilante:
—Hermana, yo guardo el día ayunando, y no puedo entrar en el refectorio para hacer colación.
Al mismo tiempo sus ojos de reina india imploraban mi ayuda: Se la otorgué liberal. Comprendí que la Niña Chole temía ser conocida de algún caminante, pues todos los que llegaban al convento se reunían á son de campana para hacer colación. La monja edificada por aquel ayuno, interrogó solícita:
—¿Qué desea mi señora?
—Retirarme á descansar, hermana.
—Pues cuando le plazca, mi señora. ¿Sin duda traen muy larga jornada?
—Desde Veracruz.
—Cierto que sentirá grande fatiga la pobrecita.