La Madre Abadesa me interrumpió:

—Los estatutos de esta santa casa no pueden ir en contra de la Religión.

Sentí un vago sobresalto. La Madre Abadesa inclinó los ojos, y permaneciendo con ellos bajos, dijo pausada y doctoral:

—Para Nuestro Señor Jesucristo merecen igual amor las criaturas que junta con santo lazo su voluntad, que aquellas apartadas de la vida mundana, también por su Gracia... Yo no soy como el fariseo que se creía mejor que los demás, Señor Marqués.

La Madre Abadesa, con su hábito blanco, estaba muy bella, y como me parecía una gran dama, capaz de comprender la vida y el amor, sentí la tentación de pedirle que me acogiese en su celda, pero fué sólo la tentación. Acercóse con una lámpara encendida aquella monja vieja y gangosa que me había acompañado al refectorio, y la Madre Abadesa, después de haberle encomendado que me guiase, se despidió. Confieso que sentí una vaga tristeza viéndola alejarse por el corredor, flotante el noble hábito que blanqueaba en las tinieblas. Volviéndome á la monja, que esperaba inmóvil con la lámpara, le pregunté:

—¿Debe besársele la mano á la Madre Abadesa?

La monja, echándose la toca sobre la frente, respondió:

—Aquí solamente se la besamos al Señor Obispo, cuando se digna visitarnos.

Y con leve rumor de sandalias comenzó á caminar delante de mí, alumbrándome hasta la puerta de la celda nupcial. Una celda espaciosa y perfumada de albahaca, con una reja abierta sobre el jardín, donde el argentado azul de la noche tropical destacaba negras y confusas las copas de los cedros. El canto igual y monótono de un grillo rompía el silencio. Yo cerré la puerta de la celda con llaves y cerrojos, y andando sin ruido, fuí á entreabrir el blanco mosquitero con que se velaba pudoroso y monjil, el único lecho que había en la estancia.