—Si quiere tentar la suerte, ya sabe su merced dónde toparnos. Aquí demoramos. ¿Cuándo se camina, mi Señor Marqués?
—Mañana al amanecer, si esta misma noche no puedo hacerlo.
El viejo acaricióse las barbas, y sonrió picaresco y ladino:
—Siempre nos veremos antes. Hemos de saber hasta dónde hay verdad en aquello que dicen: Albur de viajero, pronto y certero.
Yo contesté riéndome:
—Lo sabremos. Esas profundas sentencias no deben permanecer dudosas.
El jarocho hizo un grave ademán en muestra de asentimiento:
—Ya veo que mi Señor Marqués tiene por devoción cumplimentarlas. Hace bien. Solamente por eso merecía ser Arzobispo de México.
De nuevo sonrió picaresco. Sin decir palabra esperó á que pasasen dos indios caballerangos, y cuando ya no podían oirle, prosiguió en voz baja y misteriosa:
—Una cosa me falta por decirle. Ponemos para comienzo quinientas onzas, y quedan más de mil para reponer si vienen malas. Plata de un compadre, señor. Otra vez platicaremos con más espacio. Mire cómo se impacienta aquel manís. Un potro sin rendaje, señor. Eso me enoja... ¡Vaya, nos vemos!...