Nada, nada...
El indio hace señal de alejarse:
—¿Ni precisa que le guíe, niño?
—No preciso nada.
Sombrío y musitando, embózase mejor en la sábana que le sirve de clámide y se va. Yo sigo adelante camino de la playa. De pronto la voz mansa y humilde del indio llega nuevamente á mi oído. Vuelvo la cabeza y le descubro á pocos pasos. Venía á la carrera y cantaba los gozos de Nuestra Señora de Guadalupe. Me dió alcance y murmuró emparejándose:
—De verdad, niño, si se pierde no sabrá salir de los médanos...
El hombre empieza á cansarme, y me resuelvo á no contestarle. Esto, sin duda, le anima, porque sigue acosándome buen rato de camino. Calla un momento y luego, en tono misterioso, añade:
—¿No quiere que le lleve junto á una chinita, mi jefe?... Una tapatia de quince años que vive aquí merito. Andele, niño, verá bailar el jarabe. Todavía no hace un mes que la perdió el amo del ranchito de Huaxila: Niño Nacho, no sabe?
De pronto se interrumpe, y con un salto de salvaje plántaseme delante en ánimo y actitud de cerrarme el paso: Encorvado, el sombrero en una mano á guisa de broquel, la otra echada fieramente atrás, armada de una faca ancha y reluciente. Confieso que me sobrecogí. El paraje era á propósito para tal linaje de asechanzas: Médanos pantanosos cercados de negros charcos donde se reflejaba la luna, y allá lejos una barraca de siniestro aspecto, con los resquicios iluminados por la luz de dentro. Quizá me dejo robar entonces si llega á ser menos cortés el ladrón y me habla torvo y amenazante, jurando arrancarme las entrañas y prometiendo beberse toda mi sangre. Pero en vez de la intimación breve é imperiosa que esperaba, le escucho murmurar con su eterna voz de esclavo:
—No se llegue, mi amito, que puede clavarse...