RAY AMBROSIO tomó como empeño de honra el hospedarme, y fué preciso ceder al agasajo. Salió acompañándome y juntos atravesamos las calles de la ciudad leal, arca santa de la Causa. Había nevado, y al abrigo de las casas sombrías quedaba una estela inmaculada. De los negruzcos aleros goteaba la lluvia, y en las angostas ventanas que se abrían debajo asomaba, de raro en raro, alguna vieja: Tocada con su mantilla, miraba a la calle por ver si el tiempo clareaba y salir a misa. Cruzamos ante un caserón flanqueado por altas tapias que dejaban asomar apenas los cipreses del huerto. Tenía gran escudo, rejas mohosas y claveada puerta que, por estar entornada, descubría en una media luz el zaguán con escaños lustrosos y gran farol de hierro. Fray Ambrosio me dijo:
—Aquí vive la Duquesa de Uclés.
Yo sonreí, adivinando la intención ladina del fraile:
—¿Se conserva siempre bella?
—Dicen que sí... Por mis ojos nada sé, pues va siempre cubierta con un velo.
No pude menos de suspirar.
—¡En otro tiempo fué gran amiga mía!