—Por las miradas que te dirige: Ve a besarle el anillo.

Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz de suerte que todos le oyesen, me advirtió:

—Bradomín, no olvides que comes conmigo.

Yo me incliné profundamente:

—Gracias, Señor.

Y llegué al grupo donde estaba el Obispo. Al acercarme habíase hecho el silencio. Su Ilustrísima me recibió con fría amabilidad:

—Bien venido, Señor Marqués.

Yo repuse con señoril condescendencia, como si fuese un capellán de mi casa el Obispo de la Seo de Urgel:

—¡Bien hallado, Ilustrísimo Señor!

Y con una reverencia más cortesana que piadosa, besé la pastoral amatista. Su Ilustrísima, que tenía el ánimo altivo de aquellos obispos feudales que llevaban ceñidas las armas bajo el capisayo, frunció el ceño, y quiso castigarme con una homilía: