Y el fraile murmuró también desabrido, pero en tono menor:

—Algún otro tendrá...

Sentí crecer mi altivez:

—¡Ninguno!

Caminamos en silencio hasta doblar una esquina donde había un farol. Allí el exclaustrado se detuvo:

—¿Pero adónde vamos?... La dama consabida, dice que la vea esta misma noche, si puede ser.

Yo sentí latir mi corazón:

—¿Dónde?

—En su casa... Pero será preciso entrar con gran sigilo. Yo le guiaré.

Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada y desierta. El fraile me habla en voz baja: