Yo vi en la oscuridad que la monja se enjugaba una lágrima: Con la voz emocionada, me habló:

—Marqués, yo también se lo dije así... No con esas palabras, que no sé hablar con tanta elocuencia, pero sí en el castellano claro de mi tierra. ¡Los soldados deben ser soldados, y la guerra debe ser guerra!

En esto la otra monja llena de arrugas, risueña bajo sus tocas blancas y almidonadas, abrió la puerta tímidamente y asomó con una luz, pidiendo permiso para que entrasen los prisioneros. A pesar de los años reconocí al gigante: Era aquel príncipe ruso que provocara un día mi despecho, cuando allá en los países del sol quiso seducirle la Niña Chole. Viendo juntos a los dos prisioneros, lamenté más que nunca no poder gustar del bello pecado, regalo de los dioses y tentación de los poetas. En aquella ocasión hubiera sido mi botín de guerra y una hermosa venganza, porque era el compañero del gigante el más admirable de los efebos. Considerando la triste aridez de mi destino, suspiré resignado. El efebo me habló en latín, y en sus labios el divino idioma evocaba el tiempo feliz en que otros efebos sus hermanos, eran ungidos y coronados de rosas por los emperadores:

—Señor, mi padre os da las gracias.

Con aquella palabra padre, alta y sonora, era también cómo sus hermanos nombraban a los emperadores. Y le dije enternecido:

—¡Que los dioses te libren de todo mal, hijo mío!

Los dos prisioneros se inclinaron. Creo
que el gigante me reconoció, porque advertí
en sus ojos una expresión huidiza y cobarde.
Incapaz para la venganza, al verlos partir
recordé a la niña de los ojos aterciopelados
y tristes, y lamenté con un
suspiro, que no tuviese las formas
gráciles de aquel efebo.