UÉ AQUELLA la más triste jornada de mi vida. Mis dolores y mis pensamientos no me daban un instante de paz. La fiebre tan pronto me abrasaba como me estremecía, haciéndome chocar diente con diente. Algunas veces un confuso delirio me embargaba, y las ideas quiméricas, funambulescas, ingrávidas, se trasmudaban con angustioso devaneo de pesadilla. Cuando al anochecer entramos por las calles de Estella, yo apenas podía tenerme sobre el caballo, y al apearme faltó poco para que diese en tierra. Me alojé en casa de dos señoras, madre e hija, viuda la vieja del famoso Don Miguel de Arizcun. Conservo vivo el recuerdo de aquellas damas vestidas con hábito de estameña, de su rostro marchito y de sus manos flacas, del andar sin ruido y de la voz monjil. Me atendieron con amorosa solicitud dándome caldos con vino generoso, y a cada momento entornaban la puerta de la estancia por mirar si yo dormía o deseaba alguna cosa. Cerrada ya la noche, y a continuación de fuertes aldabonazos que resonaron en toda la casa, la solterona entró algo asustada:
—¡Señor Marqués, aquí le buscan!
Un hombre de aventajado talle, con la frente vendada y el tabardo sobre los hombros, se destacaba en la puerta de mi alcoba. Su voz levantóse grave como en un responso:
—¡Saludo al ilustre prócer y deploro su desgracia!
Era Fray Ambrosio y el verle no dejó de regocijarme. Adelantóse haciendo sonar las espuelas, y con la diestra en la sien para contener un tanto el temblor de la cabeza. La señora le advirtió meliflua, al mismo tiempo que saludaba para retirarse:
—Procure no cansar al enfermo, y háblele bajito.
El exclaustrado asintió con un gesto. Quedamos solos, tomó asiento a mi cabecera y comenzó a mascullar rancias consideraciones:
—¡Válgame Dios!... Después de haber corrido tanto mundo y tantos peligros, venir a perder un brazo en esta guerra, que no es guerra... ¡Válgame Dios! No sabemos ni dónde está la desgracia, ni dónde está la fortuna, ni dónde está la muerte... No sabemos nada. ¡Dichoso aquel a quien la última hora no le coge en pecado mortal!...
Yo divertía mis dolores oyendo estas pláticas del fraile guerrillero: Adivinaba su intención de edificarme con ellas, y no podía menos de sentir el retozo de la risa. Fray Ambrosio al verme exangüe y demacrado por la fiebre, habíame juzgado en trance de muerte, y le complacía deponer por un momento sus fieros de soldado, para encaminar al otro mundo el alma de un amigo que moría por la Causa. Aquel fraile lo mismo libraba batallas contra la facción alfonsista que contra la facción de Satanás. Habíasele corrido la venda que a modo de turbante llevaba sobre el cano entrecejo, y mostraba los labios sangrientos de una cuchillada que le hendía la frente. Yo gemí sepultado entre las almohadas, y le dije con la voz moribunda y burlona:
—Fray Ambrosio, todavía no me ha referido usted sus hazañas, ni cómo recibió esa herida.