—¡En fin, sepamos cómo ha recibido esa herida, Fray Ambrosio?

Trató de ponerse la venda al mismo tiempo que barboteaba:

—No sé... No me acuerdo...

Yo le miré sin comprender. El fraile estaba en pie al borde de mi cama, y en la vaga oscuridad albeaba el cráneo desnudo y temblón: La sombra cubría la pared. De pronto, arrojando al suelo la venda convertida en hilachas, exclamó:

—¡Señor Marqués, nos conocemos! Usted sabe muy bien cómo recibí esta herida, y me lo pregunta por mortificarme.

Al oirle me incorporé en las almohadas, y le dije con altivo desdeño:

—Fray Ambrosio, he sufrido demasiado en estos días para perder el tiempo ocupándome de usted.

Arrugó el entrecejo e inclinó la cabeza:

—¡Es verdad!... También ha tenido lo suyo... Pues esta descalabradura me la ha inferido ese ladrón de Miquelcho. ¡Un traidor que se alzó con el mando de la partida!... La deuda contraída yo la pagaré como pueda... Crea que el exabrupto de aquella noche me pesa. En fin, ya no hay que hacerle... El Señor Marqués de Bradomín, afortunadamente, sabe comprender todas las cosas...

Yo le interrumpí: