—¡Aquí, Carabel!... ¡Aquí, Capitán!...
Era el Abad de Brandeso, que había venido al Palacio después de misa, para presentar sus respetos a mis nobles primas:
—¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Concha e Isabel despedían al tonsurado desde la terraza:
—¡Adios, Don Benicio!
Y el Abad contestaba bajando la escalinata:
—¡Adios, señoras! Retírense que corre fresco. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Percibí distintamente la carrera retozona de los perros. Luego, en medio de un gran silencio, se alzó la voz lánguida de Concha:
—¡Don Benicio, que mañana celebra usted misa en nuestra capilla! ¡No lo eche usted en olvido!...
Y la voz grave y eclesiástica, respondía: