—No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este Palacio, con sus cinco doncellas encantadas, á los graves teólogos del Colegio Clementino.

El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio. Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones, terminó indicándome el camino, acompañando la acción tan sólo con una sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitón eclesiástico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer ruido, y á cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de misterio:

—Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida...

Y después de algunos pasos:

—Yo tengo ofrecida una novena á la Santa Madona.

Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina:

—No estaba obligado á menos. Monseñor me había prometido llevarme á Roma.

Y volviendo á continuar la marcha:

—¡No lo quiso Dios!... ¡No lo quiso Dios!...

De esta suerte atravesamos la antecámara, y un salón casi oscuro y una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo, palpándose las faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada: