—Hijas mías, debéis hacer que se acueste.
—Hay que disponer los lutos.
—¿Dónde ha ido María Rosario?
El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable: Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras. La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:
—Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad.
Yo me incliné:
—Tenéis razón, Monseñor.
Y él repuso con extremada cortesía:
—Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia, Marqués!
—¡Muy grande, Monseñor!