Ella se volvió:

—Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su miedo...

Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró con vivo enojo:

—¿Qué hacéis?

—¡Que os adoro! ¡Que os adoro!

Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí.

—¡Os adoro! ¡Os adoro!

Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella.

—¡Os adoro! ¡Os adoro!

Ella suspiró con angustia: