—Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido?

Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.

—¡Edificante!

—¡Edificante!

El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía.

QUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos: Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín, inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su abanico de quimera y de cuento.