OS BEDELES con sotana y birreta paseábanse en el claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron á mi encuentro:
—¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia!
Me detuve, mirándoles alternativamente:
—¿Qué ocurre?
Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó:
—Nuestro sabio rector...
Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó:
—¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia!... Nuestro amantísimo padre, nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte. Ayer sufrió un accidente hallándose en casa de su hermana...
Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, rectificó á su vez: