OCO DESPUÉS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz cascada del mayordomo vino á sacarme un momento del penoso cavilar:
—Excelencia, este pliego.
—¿Quién lo ha traído?
—Un correo que acaba de llegar.
Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al mayordomo, mostrando un profundo desdén:
—Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta.
El mayordomo preguntó hipócritamente:
—¿Vais á partir, Excelencia?