—Ni pensar en tomar vuelo.

—Véame yo en campo abierto y bien montado.

—Estarás aquí hasta la noche.

—¡No me niegues el caballo!

—Te lo niego porque hago mérito de salvarte. Hasta la noche vas a sumirte en un chiquero, donde no te descubrirá ni el Diablo.

Tiraba del Coronelito y le metía en la penumbra del zaguán.

IV

Por la arcada deslizábase otro indio, que traspasó el umbral de la puerta santiguándose. Llegó al patrón, sutil y cauto, con pisadas descalzas:

—Hay leva. Poco faltó para que me laceasen. Merito el tambor está tocando en el Campo de la Iglesia.

Sonrió el ranchero, golpeando el hombro del compadre: