VI
Una mulata entrecana, descalza, temblona de pechos, aportó con el refresco de limonada y chocolate, dilecto de frailes y corregidores, cuando el virreinato. Con tintín de plata y cristales en las manos prietas, miró la mucama al patroncito, dudosa, interrogante. Niño Santos, con una mueca de la calavera, le indicó la mesilla de campamento, que, en el vano de un arco, abría sus compases de araña. La mulata obedeció haldeando: Sumisa, húmeda, lúbrica, se encogía y deslizaba. Mojó los labios en la limonada Niño Santos:
—Consecutivamente, desde hace cincuenta años, tomo este refresco, y me prueba muy medicinal... Se lo recomiendo, Don Celes.
Don Celes infló la botarga:
—¡Cabal, es mi propio refresco! Tenemos los gustos parejos y me siento orgulloso. ¡Cómo no!
Tirano Banderas, con gesto huraño, esquivó el humo de la adulación, las volutas enfáticas. Manchados de verde los cantos de la boca, se recogía en su gesto soturno:
—Amigo Don Celes, las revoluciones, para acabarlas de raíz, precisan balas de plata.
Reforzó campanudo el gachupín:
—¡Balas que no llevan pólvora ni hacen estruendo!
La momia acogió con una mueca enigmática: