—¿El apellido?

—Santana.

—¿De qué parte eres?

—Nací en la Hacienda de Chamulpo. Allí nací, pero todavía chamaco, me trasladaron con una reata de peones a los Llanos de Zamalpoa. Cuando estalló la bola revolucionaria, desertamos todos los peones de las minas de un judas gachupín, y nos fuimos con Doroteo.

El Doctor Atle, aún trazó algunas líneas en su cuaderno, y luego recostose en la hamaca con los ojos cerrados y el lápiz sobre la boca, que sellaba un gesto amargo.

III

Conforme adelantaba el día, los rayos del sol, metiéndose por las altas rejas, sesgaban y triangulaban la cuadra del calabozo. En aquellas horas, el vaho de tabaco y catinga era de una crasitud pegajosa. Los más de los presos adormecían en sus hamacas, y al rebullirse alzaban una nube de moscas, que volvía a posarse apenas el bulto quedaba inerte. En corros silenciosos otros prisioneros se repartían por los rumbos del calabozo, buscando los triángulos sin sol. Eran raras las pláticas, tenues, con un matiz de conformidad para las adversidades de la fortuna: Las almas presentían el fin de su peregrinación mundana, y este torturado pensamiento de todas las horas revestíalas de estoica serenidad. Las raras pláticas tenían un dejo de olvidada sonrisa, luz humorística de candiles que se apagan faltos de aceite. El pensamiento de la muerte había puesto en aquellos ojos, vueltos al mundo sobre el recuerdo de sus vidas pasadas, una visión indulgente y melancólica. La igualdad en el destino determinaba un igual acento en la diversidad de rostros y expresiones. Sentíanse alejados en una orilla remota, y la luz triangulada del calabozo realzaba en un módulo moderno y cubista la actitud macilenta de las figuras.

SEXTA PARTE

ALFAJORES Y VENENOS