El Barón de Benicarlés se enderezó, poniéndose el monóculo:

—Me debe usted una palabra, querido colega.

El Doctor Aníbal Roncali asintió, agitando los rizos, y se alejó con una extraña sensación en la espalda, como si oyese el siseo de aquella vieja pintada, cuando iba a las aulas del Liceo: Entró en el corro, donde recibía felicitaciones el evangélico Plenipotenciario de Inglaterra. El Barón, erguido, sintiéndose el corsé, ondulando las caderas, se acercó al Embajador de Norteamérica. Y el flujo de acciones extravagantes al núcleo que ofrecía incienso a la diplomacia británica, atrajo al formidable Von Estrug, Representante del Imperio Alemán. Satélite de su órbita, era el azafranado Conde Chrispi, Representante del Imperio Austro-Húngaro. Habló confidencial el yanqui:

—El Honorable Sir Jonnes Scott ha expresado elocuentemente los sentimientos humanitarios que animan al Cuerpo Diplomático. Indudablemente. ¿Pero puede ser justificativo para intervenir, siquiera sea aconsejando, en la política interior de la República? La República, sin duda, sufre una profunda conmoción revolucionaria, y la represión ha de ser concordante. Nosotros presenciamos las ejecuciones, sentimos el ruido de las descargas, nos tapamos los oídos, cerramos los ojos, hablamos de aconsejar... Señores, somos harto sentimentales. El Gobierno del General Banderas, responsable y con elementos suficientes de juicio, estimará necesario todo el rigor. ¿Puede el Cuerpo Diplomático aconsejar en estas circunstancias?

El Ministro de Alemania, semita de casta, enriquecido en las regiones bolivianas del caucho, asentía con impertinencia políglota, en español, en inglés, en tudesco. El Conde Chrispi, severo y calvo, también asentía, rozando con un francés muy puro su bigote de azafrán. El Representante de Su Majestad Católica fluctuaba. Los tres diplomáticos, el yanqui, el alemán, el austríaco, ensayando el terceto de su mutua discrepancia, poníanle sobre los hilos una intriga, y experimentaba un dolor sincero, reconociendo que en aquel mundo, su mundo, todas las cábalas se hacían sin contar con el Ministro de España. El Honorable Sir Jonnes H. Scott había vuelto a tomar la palabra:

—Séame permitido rogar a mis amables colegas de querer ocupar sus puestos.

Los discretos conciliábulos se dispersaban. Los Señores Ministros, al sentarse, inclinándose, hablándose en voz baja, producían un apagado murmullo babélico. Sir Scott, con palabra escrupulosa de conciencia puritana, volvía a ofrecer el cáliz colmado de sentimientos humanitarios, al Honorable Cuerpo Diplomático. Tras prolija discusión se redactó una nota. La firmaban veintisiete Naciones. Fue un acto trascendental. El suceso, troquelado con el estilo epigráfico y lacónico del cable, rodó por los grandes periódicos del mundo: “Santa Fe de Tierra Firme. El Honorable Cuerpo Diplomático acordó la presentación de una Nota al Gobierno de la República. La Nota, a la cual se atribuye gran importancia, aconseja el cierre de los expendios de bebidas y exige el refuerzo de guardias en las Legaciones y Bancos Extranjeros.”

SÉPTIMA PARTE

LA MUECA VERDE