—Una tregua. La unión sagrada. Don Roque, salvemos la independencia de la Patria.
Tirano Banderas abría los brazos con patético gesto. Llegaba, cortado en ráfagas, el choteo de los compadritos, que en el fondo crepuscular de la campa, se divertían con befas y chuelas al Licenciado Veguillas.
V
Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo. Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aun sobresalía el brazo con el blanco saludo del pañuelo:
—¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!
La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida, estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del Tirano:
—Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las calderas del Infierno.
—Mi vieja, vos tendrás que amputar la nariz de Cleopatra.
—Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.
—Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia, acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!