—A tener esos poderes, no me vería esclava de un débito con la Cucaracha. Licenciadito, vos lo sabés.

—Lupita, para mí has sido una serpiente biomagnética.

—¡Que así me acusés vos, con todito que os di el amoniaco!

—Lupita, reconoce que estabas la noche pasada con un histerismo magnético. Tú me leíste el pensamiento cuando alborotaba en el baile aquel macaneador de Domiciano. Tú le diste el santo para que se volase.

—¡Licenciado, si estaban los dos ustedes puritos briagos! Yo quise no más verlos fuera de la recámara.

—Lupita, en aquella hora tú me adivinaste lo que yo pensaba. Lupita, tú tienes comercio con los espíritus. ¿Negarás que te has revelado médium cuando te durmió el Doctor Polaco?

—Efectivamente, esta Señorita es un caso muy remarcable de lucidez magnética. Para que la distinguida concurrencia pueda apreciar mejor los fenómenos, la Señorita Médium ocupará una silla en el centro, bajo el lampadario. Señorita Médium, usted me hará el honor.

La tomó de la mano y, ceremonioso, la sacó al centro de la sala. La niña, muy honesta, con pisar de puntas y los ojos en tierra, apenas apoyaba el teclado de las uñas suspendida en el guante blanco del Doctor Polaco.

IV

—¡Chac! ¡Chac!