Gimió en su destierro Nachito:

—¡Con ese juego ilusorio me adivinaste ayer el pensamiento!

Tirano Banderas se volvió, avinagrado y humorístico:

—¿Por qué visita los malos lugares, mi viejo?

—Patroncito, hasta en música está puesto que el hombre es frágil.

El Tirano, recogiéndose en su gesto soturno clavó los ojos con suspicaz insistencia en la pendejuela del trato. Desmayada en la silla, se le soltaban los peines y el moño se le desbarata en una cobra negra. Tirano Banderas se metió en la rueda de compadres:

—De chamacos hemos visto estos milagros por dos reales. Tantos diplomas, tantas bandas y tan poca suficiencia. Se me está usted antojando un impostor, y voy a dar órdenes para que le afeiten en seco la melena de sabio alemán. No tiene usted derecho a llevarla.

—Señor Presidente, soy un extranjero acogido en su exilio bajo la bandera de esta noble República. Enseño la verdad al pueblo, y le aparto del positivismo materialista. Con mis cortas experiencias, adquiere el proletariado la noción tangible de un mundo sobrenatural. ¡La vida del pueblo se ennoblece cuando se inclina sobre el abismo del misterio!

—Don Cruz, por lo lindo que platica le hará no más la rasura de media cabeza.

El Tirano remejía su mueca con avinagrado humorismo, mirando al fámulo rapista, que le presentaba un bodrio peludo, suspendido en el prieto racimo de los dedos.