—Pero hay un momento de crisis comercial: Los negocios se resienten, oscilan las finanzas, el bandolerismo renace en los campos.
Subrayó el Ministro:
—No más que ahora, con la guerra civil.
—¡La guerra civil! Los radicados de muchos años en el país, ya la miramos como un mal endémico. Pero el ideario revolucionario es algo más grave, porque altera los fundamentos sagrados de la propiedad. El indio, dueño de la tierra, es una aberración demagógica, que no puede prevalecer en cerebros bien organizados. La Colonia profesa unánime este sentimiento: Yo quizá lo acoja con algunas reservas, pero, hombre de realidades, entiendo que la actuación del capital español es antagónica con el espíritu revolucionario.
El Ministro de Su Majestad Católica se recostó en el canapé, escondiendo en el hombro el hocico del faldero:
—¿Don Celes, y es oficial ese ultimátum de la Colonia?
—Señor Ministro, no es ultimátum. La Colonia pide solamente una orientación.
—¿La pide o la impone?
—No habré sabido explicarme. Yo, como hombre de negocios, soy poco dueño de los matices oratorios, y si he vertido algún concepto por donde haya podido entenderse que ostento una representación oficiosa, tengo especial interés en dejar rectificada plenamente esa suspicacia del Señor Ministro.
El Barón de Benicarlés, con una punta de ironía en el azul desvaído de los ojos, y las manos de odalisca entre las sedas del faldero, diluía un gesto displicente sobre la boca belfona, untada de fatiga viciosa: