El Coronel-Licenciado asintió con zumba gazmoña:

—Señor Presidente, la recta aplicación de las leyes será la norma de mi conducta.

—Y en todo caso, si usted procediese con exceso de celo, cosa siempre laudable, no le costará gran sacrificio presentar la renuncia del cargo. Sus servicios —al aceptarla— sin duda que los tendría en consideración el Gobierno.

Recalcó el Coronel-Licenciado:

—¿El Señor Presidente no tiene otra cosa que mandarme?

—¿Ha proseguido las averiguaciones referentes al relajo y viciosas costumbres del Honorable Cuerpo Diplomático?

—Y hemos hecho algún descubrimiento sensacional.

—En el despacho de esta noche tendrá a bien enterarme.

El Coronel-Licenciado saludó:

—¡A la orden, mi General!