—Pues no más que a ese niño torero lo han detenido esta tarde por hallarle culpado de escándalo público. Ofrecieron alguna duda sus manifestaciones, y se procedió a un registro domiciliario.
—Sobreentendido. Adelante. ¿Resultado del registro?
—Tengo hecho inventario en esta hoja.
—Acérquese al candil y lea.
El Coronel Licenciado, comenzó a leer un poco gangoso, iniciando someramente el tono de las viejas beatas:
—Un paquete de cartas. Dos retratos con dedicatoria. Un bastón con puño de oro y cifras. Una cigarrera con cifras y corona. Un collar, dos brazaletes. Una peluca con rizos rubios, otra morena. Una caja de lunares. Dos trajes de señora. Alguna ropa interior de seda, con lazadas.
Tirano Banderas recogido en un gesto cuáquero, fulminó su excomunión:
—¡Aberraciones repugnantes!
III
La ventana enrejada y abierta, daba sobre un fondo de arcadas lunarias. Las sombras de los murciélagos agitaban con su triángulo negro la blancura nocturna de la ruina. El Coronel Licenciado, lentamente, con esa seriedad jovial que matiza los juegos de manos, se sacaba de los diversos bolsillos joyas, retratos y cartas, poniéndolo todo en hilera, sobre la mesa, a canto del Tirano: