—¡Presente!
Era el último de la lista y sopló la linterna el patrón. Las peonadas habían renovado su marcha bajo la luna.
III
El Coronelito de la Gándara, desertado de las milicias federales, discutía con chicanas y burlas los aprestos militares del ranchero:
—¡Filomeno, no seas chivatón, y te pongas a saltar un tajo cuando te faltan las zancas! Es una grave responsabilidad en la que incurres llevando tus peonadas al sacrificio. ¡Te improvisas general y no puedes entender un plano de batallas! Yo soy un científico, un diplomado en la Escuela Militar. ¿La razón no te dice quién debe asumir el mando? ¿Puede ser tan ciego tu orgullo? ¿Tan atrevida tu ignorancia?
—Domiciano, la guerra no se estudia en los libros. Todo reside en haber nacido para ello.
—¿Y tú te juzgas un predestinado para Napoleón?
—¡Acaso!
—¡Filomeno, no macanees!
—Domiciano, convénceme con un plan de campaña, que aventaje al discurrido por mí, y te cedo el mando. ¿Qué harías tú con doscientos fusiles?