EL PROFETA

Todos los alumnos creían en la santidad de Sequeros; le consideraban adornado con ese don especialísimo que Dios otorga raras veces: la previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los hechos lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos cabales que su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos que le habían durado; había visto con los ojos del alma, pero tan claramente como con los de la carne, el sitio que le estaba asignado en el cielo, á corta distancia del amadísimo Padre Riscal y de la favorecida Alacoque; había retumbado en sus oídos mortales la voz áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con el signo de la cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los alumnos de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo maravilloso, les aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del amor. Pero, desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las malas compañías, disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del diablo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros se mostraba atribuladísimo, extremaba sus narraciones milagrosas, quedábase algunos momentos como en arrobo, llevaba la mano al pecho y compungía el rostro, dando á entender horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente cuando menos se pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no pasase inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas devotas parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado, á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo tribunal cuatro alumnos: Abelardo Macías, aquel muchachete anémico, acosado de alucinaciones y con pretensiones de santidad; Manolito Trinidad, el lánguido hipócrita, desconfianza perdurable de sus camaradas; Casiano López, bodoque de remoquete, candoroso mancebo y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de haber rotulado el engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de calzado, muy boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de lúbricos labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre Sequeros. Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur, se encaminaron á la celda del confesor elegido. Dijérase que fué una cuchillada que le asestasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívido, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á punto de querer confesarse; pero pudo más en ellos la timidez de evacuar en el seno de un confesor leves torpezas de los amables meses libres.

Las oraciones, al comienzo y final de los estudios, las rezaban contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz endeble.

Un día, el Padre Sequeros comenzó como de costumbre:

—En el nombre del Padre, del Hijo, del...

Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre los bancos, permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de brazos, los más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:

—En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...

Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez. Hubo un silencio enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz entrecortada:

—En el nombre del Padre...

Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en sollozos, los cuales, á causa del acento fuertemente masculino, eran conmovedores. Abrió los brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y congestionada. Los niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á llorar. Bertuco pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste susurró á Bárcenas: