—Ora pro nobis.
—Vas honorabile.
—Ora pro nobis.
—Vas insigne devotionis.
—Ora pro nobis.
El recinto se inflama con una cegadora luz azulina. Horrísono tableteo de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta violentamente é irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos abiertos, demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles, híspido el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando que es el fin del mundo, el desatarse de la cólera divina, según había predicho Sequeros, imploran angustiadamente:
—¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!
El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, inacabables, en espera de la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y escombros el universo. Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago braman cada vez más lejos.
Los niños van recobrándose lentamente; se miran unos á otros con extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse en el acto. El Padre Sequeros les disuade.
—El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide esta lección.