Belarmino extrajo del cajón del mostrador un libro, que era un diccionario de la lengua castellana, y con él bajo el brazo se sentó en una silleta, cerca de una de las puertas de entrada.

—¡Eh, tú, Celesto! ¿Estás ahí?

De un ángulo de sombra surgió un rapacejo pelirrojo, como de doce años: el aprendiz. Se acercó con la boca abierta.

—¿Tienes algo que hacer?

—Nada.

—No hay encargos, ¿verdad?

—No, señor.

—Pues saca de paseo a la neñina, hasta la plaza de la catedral, que da el sol. Yo quedo aquí al cuidado.

El rapacejo penetró por la trastienda y volvió a salir en un momento, con una criatura de unos siete años. Belarmino la tomó en brazos:

—¿Quieres a tu padre?