El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, habían convertido el monsieur le cordonnier en monxú Codorniú.

—Y hasta me han sacado cantares—añadió Belarmino.

—Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta.

—Lo sé. A mí me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabe de tierras lueñes; sobre todo, que viene usted de una república de estranjis.

—De estranjis…. ¡Ja! ¡Ja! Delicioso….—El señor Colignon emitió una risotada que era como sonoro glogló de pavo.—Quería preguntarte una pequeña cosa que me ha venido anoche a la cabeza. ¿Por qué es que tú llamas tu zapatería «El Nenrod boscoso y equitativo», y metes que es bilateral?

—Quedará usted complacido en un finiquito.

El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, ser filósofo.

—¿Eres tú filósofo? Creía que tú eras solamente republicano y orador.

—¿Orador? ¡Arreniego! Los oradores son los lentes—(lentes = entes)—más vulgares. Desprecio la oratoria. Claro que hablo en público; pero no quiero ser orador, sino locuente, sólo locuente, como mi maestro Salmerón. Bueno; también republicano de celebro; por eso soy filósofo. Ahí está Salmerón. Yo no soy todavía del todo filósofo; pero cada día lo soy más. Y andando el tiempo…. Pues el aquel de la filosofía no es más que enanchar las palabras, como si dijéramos meterlas en la horma. Si encontrásemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos, una horma para todos los pies; eso es la filosofía, tal como la apunta mi intelecto. Ya daré, ya daré en el chisgaravís—(chisgaravís = quid)—. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios pies y enanchando palabras para varias cosas, cuantas más, mejor; ecolicuá el doble fondo. Ahora usted se penetrará. El Nenrod; éste es nombre propio y no se puede enanchar. Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen, alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botas de monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso. Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitación; porque están hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas, y así manifactura un escarpín para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para el sacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis.

El hervor que se movió en el recinto torácico del señor Colignon ya no fué glogló de pavo singular, sino greguería de piara navideña. Abrazaba una y otra vez a Belarmino, diciéndole, en los ojos lágrimas provocadas por la risa: