—¿En dónde? A ver, a ver…—exigió Xuantipa, alargando el brazo amenazador.
—Mujer…—suplicó Belarmino.
—Xuantipa, cuando él lo dice…. Belarmino es un hombre verdadero—medió el señor Colignon.
—¿Ese un hombre verdadero? ¿Ese mastuerzo, ese babayo, un hombre verdadero? Lo habrá sido antes, de soltero. Ahora…. Un tontorontaina, un hazmerreír, un holgazán. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce, señor Coliñón.
—Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea usted tranquila, Xuantipa; póngase usted tranquila.
—¡Tranquila, tranquila!… Si es para tocarse del queso. Esto se lo lleva la trampa, porque no hay un hombre aquí. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de esa pobre neñina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios, perdono, hago como que no sé. Pero no me chupo el dedo…. ¡A mí me la va a dar ese babayo!…—rugió Xuantipa con voz ronca y ojos áridos y contraídos, que se esforzaban inútilmente en exprimir algunas lágrimas—. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro a usted por éstas—y, más que besar, chascó los labios, delgados y secos, sobre una cruz improvisada con el pulgar y el índice de la mano diestra—. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si éste no sirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra, y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos.
—Pero, ¿es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es lo principal—dijo sonriente el señor Colignon, procurando rebajar el diapasón dramático de la escena a un tono más cuoloquial y tranquilo.
Belarmino permanecía baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luz venía al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de un mártir.
—Pues si yo supiera hacer calzado…—replicó Xuantipa—, estaba ya todo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve usté…. Cuando nos casamos, había aquí seis oficiales y oficialas, y no dábamos abasto a los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sóbranos hoy.
—Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volverán ustedes—afirmó el optimista y rosáceo señor Colignon.