—Ajá, ajá. ¿El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas—comentó don Angel Bellido, que éste era el nombre, tan propio cuanto impropio, del prestamista.

—Sí, señor Bellido. ¿Sale usted del limbo? ¿Quién no sabe que el señor
Coliñón es uña y carne con nosotros?

—Hija, tanto como uña y carne…. Que sea carne, que carne, gracias a Dios, no le falta, y que vosotros seáis la uña…, doyme por satisfecho—dijo don Ángel—. Pero, como quiera que yo todos los días tengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, y vosotros nada me decíais ni me dejabais entrever…. Porque, acá, para inter nos, la cosa presentaba un cariz… que… ya, ya… ya me entendéis.—El señor Bellido era singularmente afecto a los puntos suspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete. El que le oía, quedábase anhelante, esperando el estallido de la nuez. Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, la bomba era de dinamita. Prosiguió el señor Bellido.—Porque el préstamo y los intereses acumulados ascienden….—Psss…. El cohete ascendía en el espacio. Silencio. Ansiedad.—Ascienden a diez mil pesetas. Constan en documento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlo todo, quedarme con estas cuatro porquerías que aquí tenéis, que no valen ni la mitad del débito.—Tal fué la bomba de dinamita que don Angel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y la frente arisca de Xuantipa.

Xuantipa, como más inconsciente, se dejó dominar por el espanto. Belarmino, con su intuición repentina de los sentimientos, comprendió lo que debía responder:

—Mala ocasión sería para embargarnos, ahora que no hay materiales en almacén ni apenas calzado en existencias.

—Quita allá, hombre de Dios—se apresuró a decir el señor Bellido—.
¿Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera….
Pero qué lejos está de mi ánimo…. Y más ahora que el señor Coliñón vos
apoya….

—No es que nos apoye—declaró el sincero Belarmino.

—¿Ehhh…?—preguntó alarmadísimo el señor Bellido, estirando el pescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras.

—¿Cómo que no? ¿Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristo nos enseña?—terció, sofocada, Xuantipa.

—Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el señor Coliñón, en estos asuntos—dijo Belarmino.