—¿No hay cristiano o alma humana en este recinto?—volvió a hablar la voz de flautín, sonando siempre al nivel del cielo raso. Oyéronse a continuación unas palmadas retumbantes, como el tableteo de un trueno.
—Belarmino, ¿estás ahí?—rugió Xuantipa, desde las habitaciones interiores.
Belarmino dijo para sí: «Pues, señor, no estoy soñando.» Encendió una cerilla, y a poco se cae de espaldas. Tenía ante sí una mole que casi tocaba con el techo. Presto se recobró y se percató de la realidad verdadera. Tratábase del Padre Alesón, un fraile dominico de las dimensiones de un paquidermo antediluviano, a quien sus hermanos en religión y la grey parroquiana de la Orden llamaban la torre de Babel, por la estatura y porque sabía veinte idiomas: unos vivos, otros muertos y otros putrefactos. Acompañábale otro Padre innominado, de volumen normal entre religiosos, aunque excesivo para laicos. Aun al lado de este segundo fraile, Belarmino era una pavesa. Los dominicos penetraban entonces por primera vez en la zapatería de Belarmino.
Luego que el zapatero encendió un quinqué de petróleo, el Padre Alesón tomó la palabra:
—Le causará maravilla vernos en su tienda, dadas las ideas que usted profesa….
—Reverendo—interrumpió Belarmino, no muy seguro de que éste era el tratamiento debido—, la ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas; por eso es analfabética. Yo también he confeccionado zapatos para religiosos y sacerdotes.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Cuándo, amigo mío?
—Hace tiempo.
—Quiere decirse que usted, a pesar de sus ideas contrarias a la
Iglesia, no tiene inconveniente en calzar a las personas religiosas.
Pero pudiera ocurrir que las personas religiosas tengan inconveniente en
dejarse calzar por usted.
—El fanatismo es reincidente—declaró sentencioso Belarmino.